jueves, 17 de septiembre de 2009

PAISAJE DE BELLEZA, PAÍSAJE DEL MIEDO

Conforme la montaña se inclina, se empiezan a percibir los verdes matizados de ésta y las demás veredas de El Carmen de Viboral. La Chapa, una de las veredas lejanas del municipio, sin duda se convierte en un ambiente hermoso. Algunos de sus territorios son solitarios… silenciosos, territorios en los que el ruido se limita al choque de las hojas con el viento o la lluvia, al tiempo que se acompaña de los pasos del visitante.
Pronto se vislumbra una casa vieja, más bien sencilla. En ella hay por los menos ocho niños vestidos con camisas grandes y desgastadas. Los más pequeños juegan en el suelo roto del patio con los carritos pequeños de plástico, a los que generalmente les faltan dos o tres chantitas; los más grandes en cambio deben ayudar a su papá a recolectar la cosecha de maíz, para poder venderla el próximo domingo en la plaza del pueblo.
La madre de estos niños es Olga, una mujer robusta, de treinta y ocho años, que se encuentra embarazada. Su rostro guarda cierto matiz enrojecido, y en esta ocasión, sus mejillas estaban adornadas por el hollín producido en el fogón de leña. El visitante miró atentamente aquel escenario, se fija en la madurez extrema de aquellos niños, que les hace comportarse como un grupo de hombres prematuros.
Sin embargo, su observación es interrumpida cuando descubre que el juego de los carritos se inmoviliza a causa de su presencia. Percibe el respirar pausado de los pequeños, que presos del pánico corren a esconderse tras las piernas de su mamá. Pareciera que el tiempo se congelara en ese instante, y mientras el visitante se pregunta la causa del miedo de los niños, estos últimos temen que los sucesos terribles de hace seis años vuelvan a repetirse…
La visión de aquel forastero, les recuerda la imagen de los paramilitares que tiempo atrás habían deshabitado por completo su vereda con balas y amenazas. Para ellos aquel individuo es, en efecto, un emisario de la muerte…
El caminante descubre entonces que su presencia inquieta a la humilde familia, y por eso decide retirarse. Se va con indignación al darse cuenta que su visión de un mundo mejor, el mundo donde supuestamente priman las palabras antes que las armas, simplemente es un dramatizado presentado en las tablas de los medios masivos; se da cuenta que aún casi una década después de aquella época de horror los niños aún sienten miedo.

Lizeth Daniela Ramírez
Comunicación Social yPeriodismo Nivel 4
Universidad de Antioquia Seccional Oriente

martes, 8 de septiembre de 2009

Amores Prófugos

Se escondían entre los callejones oscuros del pueblo para besarse, para rosarse el cuerpo y sentir el éxtasis del sexo mezclado con el amor. Temían que algún conocido suyo los descubriera…y por tanto publicara a todo el pueblo la intimidad presenciada en ese lugar. Juan y Sebastián, tenían miedo de sus familias, y, aún, de ese extraño y placentero sentimiento que los había llevado a estar allí.
Juan fue homosexual desde niño. Mientras observaba como su padre -un hombre alcohólico y machista- daba malos tratos a su madre, mitigaba su enojo escuchando a Shakira en la cera de su casa; lugar al que un día llegó Jhon Fredy, un vecino suyo que seducido por la forma en que el niño imitaba a la cantante en sus movimientos, decidió proponerle “dejarse querer” por un rato en el cuarto atrás de su casa.
Durante tres años Juan se dejó querer en el cuarto de atrás, durante las largas mañanas en que la esposa de su amante se iba a trabajar; anhelaba la seducción apresurada del hombre, el placer que sólo ese sexo adulto le brindaba, y cómo éste había llegado a deformar su inocencia…Era feliz pues así había aprendido las leyes del amor antinatural.
Sebastián en cambio descubrió este sentimiento años más tarde, cuando encontró a Juan en una concurrida discoteca de la Zona Rosa de El Carmen de Viboral, un municipio del oriente antioqueño. Allí Sebastián se inmovilizó con los movimientos exorbitantes que aquel hombre mestizo y de huesos marcados, producía con sus caderas, e inmediatamente se cautivó de la pasión inconfundible con que Juan movía sus manos largas y saturadas de manillas al son de la música electrónica.
Lo observó toda la noche. Hasta que con una mirada desafiante tomó a Juan de un brazo y lo llevó hasta el baño de hombres de la discoteca. Allí lo besó profundamente sin recibir resistencia por parte de Juan. Se besaron como lo hacen dos novios recientes; como si no les importara lo que podría pensar el Vaticano sobre ellos, o las leyes que a favor de ellos se estuvieran promoviendo en el congreso de la república, se besaron sin prestarle atención a rol masculino o femenino… Bastaba solamente el hermafrodismo característico de aquel instante.
Desde ese día fueron amantes en secreto. Se tomaban de la mano en las calles menos transitadas y tomaban los momentos de risa como una excusa para abrazarse tímidamente. Ambos se preguntaban cómo demostrarse amor mientras caminaban en pueblo conservador y extremadamente respetuoso de las disposiciones católicas, y cómo no hacerlo enfrente de personas que pudieran descubrir su juego de amor, sin salir lastimados.
Empezaron entonces a amarse con ferocidad en la sala deshabitada de la casa, a acudir a las terrazas del barrio para entregarse las cartas y rosas de amor, a camuflar sus sentimientos en las palabras sin eco, a prometerse fidelidad permanente con la simple expresión de su mirada…
Decidieron esconder su amor de todos los señalamientos que pudieran dañarlo, comportándose como amigos distantes y secos en los parques, creando novias hermosas que permitieran describirse el uno al otro sin ser descubiertos… amándose fugazmente en los callejones oscuros de El Carmen de Viboral.



Lizeth Daniela Ramírez
Comunicación social Periodismo Nivel 4
Universidad de Antioquia Seccional Oriente