Conforme la montaña se inclina, se empiezan a percibir los verdes matizados de ésta y las demás veredas de El Carmen de Viboral. La Chapa, una de las veredas lejanas del municipio, sin duda se convierte en un ambiente hermoso. Algunos de sus territorios son solitarios… silenciosos, territorios en los que el ruido se limita al choque de las hojas con el viento o la lluvia, al tiempo que se acompaña de los pasos del visitante.
Pronto se vislumbra una casa vieja, más bien sencilla. En ella hay por los menos ocho niños vestidos con camisas grandes y desgastadas. Los más pequeños juegan en el suelo roto del patio con los carritos pequeños de plástico, a los que generalmente les faltan dos o tres chantitas; los más grandes en cambio deben ayudar a su papá a recolectar la cosecha de maíz, para poder venderla el próximo domingo en la plaza del pueblo.
La madre de estos niños es Olga, una mujer robusta, de treinta y ocho años, que se encuentra embarazada. Su rostro guarda cierto matiz enrojecido, y en esta ocasión, sus mejillas estaban adornadas por el hollín producido en el fogón de leña. El visitante miró atentamente aquel escenario, se fija en la madurez extrema de aquellos niños, que les hace comportarse como un grupo de hombres prematuros.
Sin embargo, su observación es interrumpida cuando descubre que el juego de los carritos se inmoviliza a causa de su presencia. Percibe el respirar pausado de los pequeños, que presos del pánico corren a esconderse tras las piernas de su mamá. Pareciera que el tiempo se congelara en ese instante, y mientras el visitante se pregunta la causa del miedo de los niños, estos últimos temen que los sucesos terribles de hace seis años vuelvan a repetirse…
La visión de aquel forastero, les recuerda la imagen de los paramilitares que tiempo atrás habían deshabitado por completo su vereda con balas y amenazas. Para ellos aquel individuo es, en efecto, un emisario de la muerte…
El caminante descubre entonces que su presencia inquieta a la humilde familia, y por eso decide retirarse. Se va con indignación al darse cuenta que su visión de un mundo mejor, el mundo donde supuestamente priman las palabras antes que las armas, simplemente es un dramatizado presentado en las tablas de los medios masivos; se da cuenta que aún casi una década después de aquella época de horror los niños aún sienten miedo.
Lizeth Daniela Ramírez
Comunicación Social yPeriodismo Nivel 4
Universidad de Antioquia Seccional Oriente
Pronto se vislumbra una casa vieja, más bien sencilla. En ella hay por los menos ocho niños vestidos con camisas grandes y desgastadas. Los más pequeños juegan en el suelo roto del patio con los carritos pequeños de plástico, a los que generalmente les faltan dos o tres chantitas; los más grandes en cambio deben ayudar a su papá a recolectar la cosecha de maíz, para poder venderla el próximo domingo en la plaza del pueblo.
La madre de estos niños es Olga, una mujer robusta, de treinta y ocho años, que se encuentra embarazada. Su rostro guarda cierto matiz enrojecido, y en esta ocasión, sus mejillas estaban adornadas por el hollín producido en el fogón de leña. El visitante miró atentamente aquel escenario, se fija en la madurez extrema de aquellos niños, que les hace comportarse como un grupo de hombres prematuros.
Sin embargo, su observación es interrumpida cuando descubre que el juego de los carritos se inmoviliza a causa de su presencia. Percibe el respirar pausado de los pequeños, que presos del pánico corren a esconderse tras las piernas de su mamá. Pareciera que el tiempo se congelara en ese instante, y mientras el visitante se pregunta la causa del miedo de los niños, estos últimos temen que los sucesos terribles de hace seis años vuelvan a repetirse…
La visión de aquel forastero, les recuerda la imagen de los paramilitares que tiempo atrás habían deshabitado por completo su vereda con balas y amenazas. Para ellos aquel individuo es, en efecto, un emisario de la muerte…
El caminante descubre entonces que su presencia inquieta a la humilde familia, y por eso decide retirarse. Se va con indignación al darse cuenta que su visión de un mundo mejor, el mundo donde supuestamente priman las palabras antes que las armas, simplemente es un dramatizado presentado en las tablas de los medios masivos; se da cuenta que aún casi una década después de aquella época de horror los niños aún sienten miedo.
Lizeth Daniela Ramírez
Comunicación Social yPeriodismo Nivel 4
Universidad de Antioquia Seccional Oriente

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